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Magical Universe Circus en el Día del Estudiante 2026

Hay días escolares que se viven… y hay otros que se quedan para siempre en la memoria. El pasado 11 de mayo, mientras caminaba hacia el gimnasio del Colegio Amada Sofía García, sentí que algo distinto estaba ocurriendo. No era solamente la celebración del Día del Estudiante. Había en el ambiente una mezcla extraña y hermosa de nervios, entusiasmo, risas contenidas y complicidad. Como si toda la comunidad educativa hubiese decidido, por un día completo, volver a creer en la magia.


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Y entonces comenzó.

Las luces se apagaron. El gimnasio entero guardó silencio. Y de pronto, la pantalla se iluminó con un video que desató una verdadera explosión de alegría entre los estudiantes.

Lo que apareció allí fue simplemente extraordinario.

Profesores convertidos en guerreros épicos luchando contra dragones. Otros transformados en personajes de animé, rockeros imposibles, criaturas mecánicas, hadas y héroes salidos de universos fantásticos. Gracias a las nuevas tecnologías, nuestros docentes parecían protagonistas de una superproducción cinematográfica. Y los estudiantes… los estudiantes gritaban, reían, aplaudían y miraban la pantalla con los ojos completamente abiertos, como si por un instante hubiesen descubierto que los adultos también saben soñar.

Creo que ahí ocurrió algo precioso: el colegio dejó de sentirse solamente como un lugar de clases. Se transformó en un escenario compartido de imaginación, cariño y encuentro.

Y después vino el espectáculo en vivo.

El gimnasio entero se convirtió en el Magical Universe Circus, un circo imposible y maravilloso donde todo podía ocurrir. 

Aparecieron los mimos, silenciosos y desastrosamente geniales, arrancando carcajadas con sus cajas invisibles, sus escaleras imaginarias y sus ocurrencias absurdas. Luego llegaron los “Mimos sin dolor”, capaces de soportarlo todo con humor delirante; más tarde, los “Mimos forzudos”, que prometían levantar hasta al público si se emocionaban demasiado. Hubo poesía, villancicos inesperados, bailes y un cierre lleno de música y alegría colectiva. Y mientras observaba las graderías, entendía que los estudiantes no solo estaban mirando un show: estaban viendo a sus profesores entregarse por completo para hacerlos felices. 

Pero el universo mágico seguía creciendo.

Llegó el domador de leones, desafiante y teatral. Luego, el escenario se llenó de color con el baile artístico de cintas y argollas, donde la música parecía dibujar figuras en el aire. Después irrumpieron los payasos, dueños absolutos de las risas y el desorden feliz. Y cuando la energía parecía imposible de superar, aparecieron las Guerreras K-Pop, desatando gritos, aplausos y una euforia que hizo vibrar todo el gimnasio. Más tarde llegaron los personajes de Zootopia, trayendo humor, ternura y un mensaje sobre la amistad y el trabajo en equipo. 

Y entre acto y acto, uno podía mirar alrededor y descubrir algo todavía más hermoso que el espectáculo mismo.

Docentes corriendo de un lado a otro afinando detalles. Asistentes de la educación ayudando silenciosamente para que todo saliera perfecto. Auxiliares preparando espacios. Profesionales colaborando detrás del escenario. Apoderados de cuarto medio disfrazados, vendiendo cabritas, bebidas y recuerdos como si realmente estuviésemos dentro de un antiguo circo de feria. Todos empujando el mismo sueño.

Eso era lo conmovedor: nadie estaba allí por obligación. Estábamos allí por amor a nuestros estudiantes.

Y ellos lo sabían.

Se notaba en sus rostros. En sus carcajadas. En la forma en que aplaudían. En cómo gritaban los nombres de sus profesores cuando aparecían en escena.

Finalmente, cuando parecía que la jornada ya nos había regalado suficiente magia, llegó el gran cierre: el Mago Farfani. Y entonces el gimnasio volvió a llenarse de asombro. Trucos imposibles, ilusiones, risas y esa sensación maravillosa de volver a ser niños por un instante. 

Pero quizá el momento más bello ocurrió después del último aplauso.

Porque terminado el espectáculo, cada curso compartió una convivencia preparada con cariño por sus apoderados. Y allí el colegio recuperó otra vez su dimensión más humana: estudiantes compartiendo comida, conversaciones, fotografías, abrazos y risas sencillas. Como una gran familia celebrando junta.

Al salir del gimnasio, ya casi al final de la jornada, pensé algo muy simple:

Hay colegios que enseñan materias.

Y hay colegios que además construyen recuerdos capaces de acompañar a una persona toda la vida.

El pasado 11 de mayo, nuestro colegio hizo precisamente eso.

Y fue maravilloso.

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