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El día en que CAMELOT despertó en Amada Sofía
Crónica de Merlín sobre una jornada en que la Historia abandonó los libros.
He vivido muchos años.
Tantos, que ya no acostumbro contarlos.
He visto levantarse y caer reinos; he acompañado a caballeros que buscaron gloria y encontraron humildad; vi al joven Arturo acercarse a una espada que ningún hombre podía arrancar de la piedra y contemplé, alrededor de una mesa redonda, el extraño milagro de hombres distintos aprendiendo a reconocerse iguales.
Por eso creí que pocas cosas podían todavía sorprenderme.
Me equivocaba.
El miércoles 7 de octubre de 2026, poco antes de que el sol alcanzara lo alto, llegué hasta un lugar llamado Colegio Amada Sofía. No venía solo. Arturo cabalgaba conmigo, seguido por algunos de sus caballeros y miembros de la corte. Habíamos oído rumores inquietantes: decían que, por unas horas, en aquel colegio del siglo XXI había vuelto a despertar la Edad Media.
—Merlín —me preguntó Arturo—, ¿será posible?
—Majestad —le respondí—, cuando los jóvenes tienen imaginación, casi todo es posible.
Y entramos.
A las diez de la mañana comenzaron a sonar los primeros acordes.
No provenían de los antiguos laúdes que conocíamos ni de las arpas de nuestros salones, sino de metalófonos, teclados, bombos y voces de estudiantes de 4.º básico que interpretaban una pieza de música clásica.
Arturo me miró sorprendido.
—Los instrumentos han cambiado —murmuró.
—Pero no la música —le respondí—. Eso es lo importante.
Y apenas se apagaron aquellos sonidos, aparecieron los juglares.
¡Juglares!
Por un instante pensé que alguno habría escapado de Camelot y llegado hasta allí antes que nosotros. Pero no: eran estudiantes que, entre relatos, personajes y humor, invitaban a quienes se habían reunido a abandonar por unas horas el presente.
La puerta del tiempo acababa de abrirse.
Entonces atravesé el gimnasio.
O, mejor dicho, intenté atravesarlo, porque aquel lugar ya no parecía gimnasio alguno.
El Departamento de Humanidades, ayudado por estudiantes y docentes, había obrado un encantamiento digno de mis mejores días. Había decoraciones, símbolos, túnicas, caballeros, personajes, objetos y escenarios inspirados en nuestro mundo. Por todas partes aparecían jóvenes vestidos como habitantes de otros siglos.
—Merlín —dijo uno de los caballeros—, alguien ha estado usando tu magia.
Sonreí.
—No, amigo mío. Esta magia es más poderosa.
—¿Cuál?
—La imaginación.
Seguimos andando.
En uno de los primeros puestos encontré runas vikingas.
Me detuve inmediatamente. Aquellos antiguos signos guardaban historias, significados y misterios que pueblos del norte habían tallado mucho antes de que nuestros nombres fueran convertidos en leyenda. Los estudiantes explicaban sus símbolos y hablaban de aquella cultura con una seguridad que habría hecho asentir hasta al más testarudo de los viejos sabios.
Algo más allá nos aguardaban la poesía, la dramatización y la narrativa medieval.
Historias antiguas conversaban allí con relatos nuevos. Incluso escuché mencionar a cierto ogro llamado Shrek.
Arturo levantó una ceja.
—Ese caballero no figura entre los míos.
—No es exactamente un caballero, Majestad.
—¿Un enemigo?
—Tampoco.
Decidí que explicarle toda la historia nos tomaría demasiado tiempo.
Y continuamos.
Entonces aparecieron los vikingos.
Aquello sí hizo que algunos integrantes de nuestra comitiva llevaran instintivamente la mano hacia la espada.
—Tranquilos —les advertí—. Estos vienen en son de paz.
Eran estudiantes de 4.º medio que habían asumido personajes y rasgos de aquella cultura para explicar a los visitantes su importancia en la historia universal.
Los antiguos guerreros del norte habían vuelto, pero esta vez no llegaban a conquistar territorios.
Habían venido a enseñar.
No muy lejos se encontraba la Medicina Medieval.
Aquí debo confesar que avancé con cierta cautela.
Conozco demasiado bien algunas de aquellas antiguas prácticas.
Los estudiantes mostraban formas de comprender la enfermedad, tratamientos y creencias propias de la época, permitiendo descubrir cuánto ha cambiado el conocimiento humano.
Junto a ella aparecía el Juicio Medieval.
Arturo se interesó inmediatamente.
—Veamos cómo imparten justicia.
Observamos.
Y descubrimos que aquella estación no pretendía glorificar nuestro pasado, sino comprenderlo y compararlo con los conocimientos y valores del presente.
Eso me agradó.
Porque estudiar la Historia no significa arrodillarse ante ella.
Significa conversar con ella.
Más adelante nos encontramos con una vieja enemiga.
La Peste Negra.
Por un momento el bullicio pareció alejarse.
Millones murieron cuando aquella enfermedad atravesó Europa. Yo conocí ciudades enteras silenciadas por ella. Pero allí, siglos después, jóvenes estudiaban sus causas, consecuencias y efectos sobre la población, junto con el desarrollo de la ciencia en la Edad Media.
Comprendí entonces una de las cosas más hermosas de aquella feria: nadie estaba simplemente acumulando fechas.
Intentaban comprender vidas.
Porque detrás de cada acontecimiento histórico hubo personas que tuvieron miedo, esperanza, preguntas y sueños, igual que nosotros.
De pronto escuché un golpe.
Luego otro.
Y otro.
Habíamos llegado a la Arquería Medieval.
Aquello animó considerablemente a los caballeros.
Los visitantes podían conocer la importancia del arco durante nuestra época y poner después a prueba su propia puntería.
Sir Galahad quiso participar.
Tuve que recordarle discretamente que aquello era una actividad educativa y no una competencia por el honor de Camelot.
Un poco más adelante estaba el Entrenamiento de Caballeros Medievales.
Velocidad.
Fuerza.
Equilibrio.
Obstáculos.
Pruebas.
Arturo observó atentamente el circuito.
—No está mal —sentenció.
En boca de Arturo, aquello equivalía prácticamente a una condecoración.
Pero este reino escondía aún más territorios.
Encontramos Juegos Medievales en Inglés, donde los estudiantes resolvían desafíos utilizando una lengua que ninguno de nosotros habría reconocido en nuestros días.
—¿Qué idioma hablan? —preguntó Arturo.
—Inglés.
—¿Y nosotros qué hablábamos?
—Es una historia larga, Majestad.
Preferí seguir caminando.
Llegamos entonces a la Filosofía Medieval.
Aquí me demoré.
Porque detrás de armaduras, castillos y batallas existió también un mundo que pensaba.
Mujeres y hombres que preguntaron por Dios, por la verdad, por el conocimiento, por el bien, por la existencia y por el misterio del ser humano.
Aquellas preguntas aparecían allí mediante actividades e instancias de interacción.
Y comprendí que la Edad Media que estos jóvenes estaban descubriendo no era una caricatura oscura poblada solamente por guerreros.
Era también una época de pensamiento.
Más adelante apareció ante nosotros un objeto cuyo nombre llamó inmediatamente mi atención:
GRIMORIO.
—Eso sí me pertenece —dije.
Pero tampoco.
Era una revista elaborada en el Taller de Lectura, donde lectura, escritura y comunicación se habían unido a aquella aventura medieval.
La hojeé con curiosidad.
He conocido grimorios que prometían convertir metales, despertar espíritus y revelar secretos del universo.
Este hacía algo quizá todavía más peligroso:
invitaba a leer.
Y todo mago sabe que un joven que descubre el poder de la lectura puede llegar a transformar el mundo.
El recorrido continuaba.
El puesto de Artículos Medievales reunía objetos vinculados con nuestra época. Los visitantes podían contemplarlos, reconocerlos, hacer preguntas y descubrir para qué habían servido.
Me parecía fascinante observar cómo aquello que para nosotros había sido cotidiano se había convertido, siglos más tarde, en objeto de estudio.
Así obra el tiempo.
Convierte el presente en Historia.
Pero entonces las gaitas comenzaron a sonar.
Y el gimnasio entero cambió.
Habían llegado los Cuervos de Rancagua.
Traían consigo una colección de objetos y elementos medievales, pero reservaban todavía una sorpresa.
En el centro del recinto había sido preparado un verdadero ring.
Los asistentes se reunieron alrededor.
Y comenzaron los duelos medievales.
Golpe contra golpe.
Defensa.
Ataque.
Movimiento.
Metal.
Destreza.
Las gaitas acompañaban los enfrentamientos y las miradas de niños y jóvenes permanecían clavadas sobre aquellos especialistas y duelistas.
Por un momento tuve la impresión de encontrarme nuevamente en uno de los patios de Camelot.
Arturo contemplaba la escena satisfecho.
—Ahora sí —dijo—. Esto lo reconozco.
Pero yo ya había descubierto algo mucho más importante.
La verdadera maravilla de aquel reino no eran las espadas.
Ni las armaduras.
Ni las runas.
Ni siquiera los combates.
Eran los estudiantes.
Ellos habían investigado.
Habían organizado.
Habían creado materiales.
Preparado presentaciones.
Representado personajes.
Estudiado culturas.
Explicado conceptos.
Enseñado a sus propios compañeros.
Cada stand era una pequeña demostración de algo enorme: cuando un estudiante deja de ser únicamente receptor y comienza a convertirse en protagonista, el aprendizaje cambia de naturaleza.
Se vuelve descubrimiento.
Se vuelve creación.
Se vuelve experiencia.
Y entonces comprendí el verdadero hechizo que había transformado aquel gimnasio.
No lo había pronunciado un mago.
Lo habían construido juntos profesores y estudiantes.
Allí conversaban Historia, Lenguaje, Inglés, Filosofía, Artes, Educación Física, Música y otras disciplinas.
Ninguna permanecía encerrada dentro de sus propios muros.
Dialogaban.
Se ayudaban.
Se encontraban.
Y gracias a ese encuentro, lo aprendido adquiría cuerpo.
La Historia podía escucharse en una melodía.
Podía reconocerse en una runa.
Representarse en un relato.
Pensarse filosóficamente.
Pronunciarse en otra lengua.
Probarse mediante el movimiento.
Escribirse en una revista.
O cobrar vida en medio de un duelo.
Entonces Arturo se acercó hasta mí.
—Merlín —me dijo—, creo que ya entiendo.
—¿Qué cosa, Majestad?
—Por qué regresó nuestro mundo aquí.
Negué lentamente con la cabeza.
—Nuestro mundo no regresó, Arturo.
—¿Entonces?
Miré a los niños que iban de puesto en puesto. A los jóvenes explicando. A los profesores acompañando. A quienes preguntaban, jugaban, observaban, descubrían.
—Ellos fueron a buscarlo.
Arturo guardó silencio.
Y sonrió.
Porque esa era la verdadera grandeza de aquella Feria Medieval CASG 2026, organizada por el Departamento de Humanidades y abierta a estudiantes desde Prekínder hasta 4.º medio.
No había sido simplemente una exposición sobre acontecimientos ocurridos siglos atrás.
Había sido una invitación a aprender haciendo.
A investigar.
A imaginar.
A preguntar.
A crear.
A trabajar juntos.
A comprender que la Historia no está muerta mientras exista alguien dispuesto a interrogarla.
Antes de marcharme volví la vista hacia el gimnasio.
Continuaban las risas, las explicaciones, las espadas, los desafíos y las conversaciones.
Pensé entonces en todos mis antiguos libros de magia.
En sus fórmulas.
En sus símbolos.
En sus secretos.
Y comprendí que ninguno contenía un encantamiento semejante.
Porque durante unas horas aquel colegio había dejado de ser solamente un colegio.
Se había convertido en reino.
Sus salas habían encontrado un pasadizo hacia otros siglos.
Sus estudiantes habían sido cronistas, vikingos, pensadores, actores, investigadores, guerreros y maestros.
Y el aprendizaje…
el aprendizaje se había vuelto aventura.
Dicen que Camelot desapareció hace mucho tiempo.
No lo crean.
Yo estuve allí aquel miércoles 7 de octubre.
Y puedo dar testimonio:
por unas horas, Camelot volvió a despertar en Amada Sofía.
Merlín
Cronista, hechicero y testigo de la Feria Medieval CASG 2026.
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