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De Matanzas a lo Teachers Awards 2026: Inolvidable

Una celebración inolvidable para quienes hacen posible, cada día, la aventura de educar.


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Hubo mar, sol, risas y descanso. Hubo después vestidos de gala, luces, música, alfombra roja y premios. Pero, sobre todo, hubo gratitud. El Colegio Amada Sofía celebró el Día del Profesor y del Asistente de la Educación con varios días que quedarán inscritos entre esos recuerdos que, con el tiempo, terminan convirtiéndose en parte de la historia de una comunidad. Los Teachers Awards CASG 2026 pusieron el broche de oro a una celebración que este año tuvo, además, un significado especial: diez años de camino junto al Obispado de Rancagua.

Hay celebraciones que se cumplen porque el calendario dice que corresponde hacerlas. Y hay otras que, casi sin proponérselo, terminan diciendo algo mucho más profundo acerca de una comunidad. La celebración del Día del Profesor y del Asistente de la Educación 2026 en el Colegio Amada Sofía pertenece, sin duda, a estas últimas.

Porque durante algunos días ocurrió algo sencillo y extraordinario a la vez: nos dimos tiempo para celebrar a quienes durante todo el año entregan su tiempo a los demás. Y esta vez quisimos hacerlo en grande. Muy en grande.

Primer acto: el colegio se fue al mar

Todo comenzó lejos de las salas de clases, de los timbres, las reuniones, las planificaciones, los informes y esa multitud de pequeñas urgencias que conforman la vida cotidiana de una escuela. El jueves 15 de octubre, por la tarde, comenzó el éxodo hacia Matanzas.

El Equipo Directivo había preparado con anticipación una experiencia diferente. La idea era sencilla: regalar a profesores y asistentes de la educación algo que pocas veces aparece escrito en una planificación institucional y que, sin embargo, resulta indispensable para seguir educando: tiempo para descansar, encontrarse, conversar y disfrutar juntos.

Algunos llegaron aquella misma tarde y pasaron la noche frente al mar. Un segundo grupo se incorporó durante la mañana del viernes 16 para compartir la jornada y regresar al terminar el día. Otros prolongaron la aventura hasta el sábado por la mañana.

Y Matanzas hizo lo suyo.

Nos recibió con jornadas luminosas, cielo azul, aire limpio y ese Pacífico inmenso que parece recordarnos, cada vez que lo contemplamos, que existen cosas bastante más grandes que nuestras preocupaciones cotidianas.

Hubo playa, caminatas, juegos, conversaciones largas y sobremesas todavía más largas. Hubo quienes, desafiando la temperatura del océano —y probablemente también algunas recomendaciones elementales de supervivencia—, se atrevieron a entrar al mar. Y hubo, por supuesto, buena mesa. Muy buena mesa.

Una banquetería generosa acompañó aquellos días en los que nadie parecía tener demasiada prisa por levantarse. Pero lo más importante no estuvo en el menú ni en el paisaje. Estuvo alrededor de las mesas. Allí desaparecieron por unas horas las funciones y los cargos. Profesores, asistentes de aula, auxiliares, administrativos y directivos compartieron simplemente como compañeros. Como personas que llevan buena parte de sus vidas trabajando juntas y que, precisamente por hacerlo todos los días, a veces no encuentran el tiempo suficiente para estar juntas.

La fotografía de aquel encuentro quizá lo dice mejor que cualquier descripción: una larga mesa frente al océano, rostros distendidos, brazos levantados, sonrisas, compañeros reunidos y, detrás, el azul interminable del Pacífico. No hacía falta demasiado más. Por unos días, el colegio tuvo por techo el cielo de Matanzas y por pizarra el horizonte. Y quizás allí ocurrió una de las cosas más importantes de toda esta celebración: volvimos a encontrarnos. No como profesores de una asignatura. No como integrantes de un departamento. No como asistentes, auxiliares o directivos. Como comunidad. Como compañeros. Como esa gran familia paulina que, entre aciertos, cansancios, dificultades, sueños y mucho trabajo, ha aprendido a caminar junta.

Segundo acto: de la arena a la alfombra roja

Pero la historia no terminó frente al mar. Porque apenas unos días después, el lunes 19 de octubre, ocurrió una metamorfosis bastante notable. Las tenidas relajadas de Matanzas desaparecieron. Llegaron los trajes. Los vestidos. Los peinados. Las luces. La música. El backstage. Y apareció una alfombra roja. Sí: una auténtica alfombra roja.

El Colegio Amada Sofía García decidió que, por un día, sus profesores y asistentes de la educación no serían quienes prepararan el escenario para otros. Esta vez, ellos serían las estrellas. Así nacieron los Teachers Awards CASG 2026.

El gimnasio del colegio cambió completamente de rostro. Una cuidada producción, iluminación especial, sonido, ornamentación, escenario, música y una puesta en escena inspirada en las grandes ceremonias de premiación transformaron el espacio cotidiano en una verdadera gala.

Y los invitados estuvieron a la altura. Porque se había dicho que había que venir de gala. Y vaya que se lo tomaron en serio. Profesores y asistentes llegaron luciendo sus mejores tenidas y desfilaron por la alfombra roja con esa mezcla maravillosa de elegancia, humor y complicidad que se produce cuando una comunidad sabe reírse, celebrar y disfrutar junta. Por algunas horas, Hollywood tuvo seria competencia en Coltauco.

Una fiesta hecha por muchas manos

Sin embargo, detrás de cada foco encendido y de cada detalle de la ceremonia hubo muchas personas trabajando. El Centro de Estudiantes asumió un papel protagónico en la preparación de la celebración. A ellos se sumaron los estudiantes del equipo de protocolo, quienes cuidaron los distintos momentos de la gala con enorme dedicación. También hubo un intenso trabajo de Claudia Aravena, la secretaria del colegio, y de muchas otras personas que, desde semanas antes y detrás del escenario, hicieron posible que todo funcionara.

Porque las grandes celebraciones tienen algo en común con la educación: aquello que finalmente vemos suele estar sostenido por una enorme cantidad de trabajo invisible. Hubo estudiantes convertidos en impecables maestros de ceremonia. Hubo protocolo, música en vivo, presentaciones preparadas especialmente para sus profesores. Hubo emoción. Y una producción que convirtió el gimnasio del colegio en un escenario completamente distinto del habitual.

Pero había algo todavía más importante. Los estudiantes estaban celebrando a sus profesores. Y eso cambió el sentido de todo.

«Somos la suma de todos los docentes que pasaron por nuestra vida»

Uno de los momentos más significativos llegó con las palabras de Colomba Torres, presidenta del Centro de Estudiantes. Su discurso fue mucho más allá del saludo protocolar. Habló desde la mirada de los propios estudiantes y recordó que enseñar significa acompañar a personas que todavía están descubriendo quiénes son y quiénes quieren llegar a ser; significa volver a explicar, alentar al que ha perdido confianza y descubrir capacidades que muchas veces el propio estudiante todavía no alcanza a reconocer. Y dejó una frase que merece permanecer: «Somos la suma de todos los docentes que pasaron por nuestra vida».

Porque algo de cada profesor permanece. Una palabra. Una corrección. Una exigencia que entonces parecía excesiva. Un consejo. Una conversación. Una segunda oportunidad. Alguien que alguna vez dijo: tú puedes, precisamente cuando el estudiante había comenzado a pensar que no podía. Colomba recordó además algo que los estudiantes no siempre alcanzan a advertir: detrás del profesor también existe una persona. Alguien que se cansa, se preocupa y atraviesa sus propios días difíciles, pero que vuelve a entrar a la sala dispuesto a entregar lo mejor de sí.

Por eso su mensaje final adquirió una fuerza particular: la certeza de que la tarea docente no pasa inadvertida; que incluso cuando una clase parece no producir frutos, las semillas pueden estar creciendo silenciosamente en alguna parte.

Y todos tuvieron su premio

Entonces comenzaron los Teachers Awards. Pero había una diferencia importante respecto de aquellas ceremonias que habían servido de inspiración. Aquí no habría unos pocos ganadores y una larga fila de derrotados sonriendo educadamente para las cámaras. Aquí todos tenían algo digno de ser reconocido. Porque cada integrante de una comunidad aporta algo diferente. Algunos fueron distinguidos por su compromiso. Otros, por su responsabilidad. Otros, por la pasión con que enseñan. Algunos, por aquella sonrisa que aparece incluso en los días difíciles. Otros, por cuidar. Por acompañar. Por estar. Por entregar corazón.

Profesores y asistentes de la educación fueron pasando a recibir reconocimientos que buscaban expresar algo que durante la rutina no siempre alcanzamos a decirnos: vemos lo que haces. Valoramos lo que entregas. Gracias por estar aquí.

Y quizá allí estuvo la verdadera belleza de los Teachers Awards. No se trataba de establecer quién era mejor. Se trataba exactamente de lo contrario. De descubrir que todos somos necesarios.

Las familias también dijeron gracias

La voz de los padres y apoderados estuvo presente a través de Miriam Silva, presidenta del Centro de Padres y Apoderados, quien expresó el agradecimiento de las familias a profesores y asistentes por la vocación, el compromiso y el cariño entregados diariamente a los estudiantes. Y su saludo introdujo otra dimensión de aquella mañana. Porque 2026 no es un año cualquiera para el Colegio Amada Sofía García. Se cumplen diez años de rectoría del Padre Humberto Palma y una década de gestión y trabajo conjunto con el Obispado de Rancagua. Diez años. Una década completa. Y cuando se mira hacia atrás, la distancia recorrida sorprende.

Diez años de una historia compartida

El colegio de hoy no es el mismo de hace diez años. La comunidad ha crecido. Han cambiado los espacios. Han surgido nuevos proyectos. Se han abierto oportunidades. Y aquella institución que entonces ofrecía enseñanza básica fue creciendo hasta incorporar también la enseñanza media, ampliando el horizonte educativo de sus estudiantes y de sus familias.

Como señaló Miriam Silva, se trata de una transformación que no puede medirse solamente en infraestructura: comprende la propuesta educativa, los espacios, las oportunidades y una forma de crecer sin abandonar aquello que identifica al colegio: la fe, los valores, el servicio y el amor por sus estudiantes.

Y toda historia necesita recordar a quienes se atrevieron a creer en ella. Por eso hubo gratitud hacia el recordado monseñor Alejandro Goic, cuya memoria continúa profundamente vinculada a esta etapa de la vida del colegio. Y hubo también agradecimiento al actual obispo, monseñor Guillermo Vera, por continuar creyendo en esta comunidad educativa y en sus posibilidades.

Porque ninguna obra comienza de cero. Siempre existen otros que soñaron antes. Otros que confiaron. Otros que abrieron una puerta para que alguien pudiera atravesarla.

Una sorpresa que nadie le había contado al rector

Y entonces llegó uno de los momentos más emotivos de la jornada. El rector no sabía lo que iba a ocurrir. En medio de los Teachers Awards 2026, el Padre Humberto Palma recibió un reconocimiento especial por sus diez años al frente del Colegio Amada Sofía.

Era una sorpresa cuidadosamente guardada. Y lo era todavía más porque entre quienes presenciaban aquel momento se encontraba parte de su familia y algunos amigos de toda la vida. Durante unos minutos, entonces, la historia institucional adquirió nombres, rostros y afectos. Miriam Silva sintetizó el sentido de aquel homenaje al agradecer diez años de gestión, liderazgo y dedicación; diez años de impulsar proyectos y abrir caminos teniendo presente que detrás de las decisiones existen niños y jóvenes que merecen mejores oportunidades.

Pero aquel reconocimiento tenía necesariamente que regresar hacia la comunidad. Porque ningún rector construye un colegio solo. Ningún Equipo Directivo lo hace. Ningún profesor lo hace. Ningún asistente lo hace. Ningún estudiante ni ninguna familia lo hacen por separado.

Un colegio es siempre una obra plural.

Por eso el agradecimiento del rector volvió hacia quienes lo acompañaron durante estos años: profesores, asistentes, trabajadores, estudiantes, familias, equipos directivos, colaboradores y todos aquellos que han puesto una parte de sus vidas en esta historia.

La misma presidenta del Centro de Padres lo expresó con claridad: ningún edificio, proyecto o avance tendría sentido sin quienes están diariamente en las salas, patios y oficinas acompañando, enseñando, escuchando y formando.

Cuando se apagaron las luces

Finalmente, como ocurre en todas las galas, llegó el momento en que se apagaron los focos. Terminó la música. Se guardaron los premios. La alfombra roja dejó de ser alfombra roja. Y el gimnasio volvió poco a poco a parecerse al gimnasio de siempre.

Al día siguiente regresarían las clases. Los cuadernos. Las evaluaciones. Los recreos. Las reuniones. Las preguntas… Pero algo había quedado.

Porque entre Matanzas y aquella alfombra roja habíamos hecho algo que parece pequeño y que, sin embargo, sostiene a las comunidades: nos habíamos dado las gracias. Gracias al profesor que enseña; al asistente que acompaña; al auxiliar que cuida nuestros espacios; a quien abre una puerta por la mañana; a quien escucha a un estudiante cuando algo no anda bien; a quien prepara una clase cuando nadie lo está mirando.

Gracias a quien vuelve a explicar, a quien corrige, a quien consuela, a quien exige porque sabe que el otro puede más. Gracias a quien permanece. Pues educar nunca ha sido simplemente transmitir contenidos. Educar es apostar por alguien cuyo futuro todavía no conocemos; es sembrar sabiendo que probablemente otros contemplarán la cosecha; es trabajar cada día con esa materia extraordinariamente frágil y extraordinariamente poderosa que es una vida humana que está creciendo.

Por eso, quizás, entre todas las palabras pronunciadas durante estos días, las de los propios estudiantes sean las que mejor expliquen lo que realmente celebramos.

La labor de un profesor puede cambiar una vida.

A veces no necesita siquiera hacer algo extraordinario. Puede bastar con ayudar a un estudiante a levantarse después de equivocarse, hacer que vuelva a creer un poco en sí mismo o recordarle que su futuro todavía está lleno de posibilidades.

Eso celebramos. Eso quisimos agradecer. Eso hubo detrás del mar de Matanzas, de las mesas compartidas, de las carcajadas, de los vestidos, de los trajes, de la música, de las luces y de aquella inolvidable alfombra roja.

Los Teachers Awards CASG 2026 terminaron. La fiesta terminó. Pero la tarea continúa. Y mientras haya en una sala un profesor dispuesto a enseñar y un estudiante dispuesto —aunque a veces no lo parezca demasiado— a dejarse enseñar, seguirá ocurriendo ese pequeño milagro cotidiano que llamamos educación.

Diez años después, seguimos soñando, creciendo y educando.

Y todavía nos quedan muchas historias por escribir.

Como alguien dijo una vez: «A este tarro aún le queda manjar».

Y mucho.

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