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¿Se puede FARMEAR el Evangelio? Operativo Parral 2026
A 74 años de la muerte de san Alberto Hurtado, estudiantes, apoderados, funcionarios y voluntarios del Colegio Amada Sofía y de la Parroquia de Coltauco cerraron el Mes de la Solidaridad con un operativo en Rinconada de Parral. Una jornada que vuelve a plantear una incómoda pregunta: ¿qué significa realmente vivir el Evangelio?
Hay palabras que aparecen entre los jóvenes y obligan a los adultos a actualizar el diccionario.
Una de ellas es «farmear».
La expresión viene del mundo de los videojuegos y significa realizar acciones para acumular puntos, experiencia o recursos. De allí surgió «farmear aura»: hacer algo que permita ganar imaginarios puntos de prestigio y parecer interesante o admirable ante los demás.
Entonces surge la pregunta: ¿se puede también farmear el Evangelio?
Probablemente sí.
También la solidaridad puede convertirse en pose. Se puede ayudar para ser visto ayudando. Se puede participar para aparecer en la fotografía. Incluso se puede transformar el encuentro con quienes sufren en una suerte de turismo espiritual: acercarse por unas horas a otra realidad, emocionarse y regresar a casa para continuar viviendo exactamente igual.
Pero el Evangelio propone algo bastante más incómodo.
Hace 74 años, cuando el Colegio Amada Sofía todavía no existía, una de las grandes voces proféticas de la Iglesia chilena interpelaba al país con preguntas que siguen sin admitir respuestas fáciles:
«¿Qué haría Cristo en mi lugar?»
Y otra todavía más provocadora:
«¿Es Chile un país católico?»
Era el padre Alberto Hurtado.
Su voz se apagó el 18 de agosto de 1952, pero aquellas preguntas permanecieron. Cada agosto, el Mes de la Solidaridad nos recuerda su invitación a reconocer en el pobre el rostro de Cristo.
Casi como si el pobre fuese un sacramento vivo: no uno de los siete sacramentos que enumera la teología, sino un signo humano y concreto que nos obliga a encontrarnos con Cristo allí donde quizá preferiríamos no encontrarlo.
La pregunta llega a Rinconada de Parral
El viernes 21 de agosto, esa vieja pregunta de Hurtado volvió a hacerse concreta.
Estudiantes de Pastoral y del Centro de Estudiantes del Colegio Amada Sofía, apoderados, funcionarios, delegadas de Pastoral y voluntarios vinculados a la Parroquia de Coltauco llegaron hasta Rinconada de Parral para desarrollar un nuevo Operativo Solidario.
No era la primera vez. Desde hace varios años estas jornadas forman parte de la vida pastoral de la comunidad, buscando que la solidaridad deje de ser una actividad extraordinaria y se transforme en una forma habitual de vivir la fe.
Los estudiantes limpiaron espacios comunitarios, acompañaron a adultos mayores y colaboraron en la entrega de mercadería. Delegadas de Pastoral y voluntarios pusieron sus conocimientos y oficios al servicio de los vecinos mediante peluquería, podología, manicure, skincare, toma de presión, acupuntura y orientación jurídica.
Los apoderados aportaron también a la jornada y algunos, como Sara González, han participado prácticamente desde los comienzos de estos operativos.
La profesora Darling Santibáñez, encargada de animar la Pastoral estudiantil, acompañó a los jóvenes en una experiencia que busca que aquello que se conversa sobre el Evangelio abandone las salas y se transforme en manos que trabajan, oídos que escuchan y tiempo regalado a otros.
También participó el rector, P. Humberto Palma, visitando especialmente a personas enfermas y adultos mayores en sus hogares. Junto con acompañarlas, llevó la Comunión y administró el sacramento de la Unción de los Enfermos a quienes lo solicitaron.
Así, servicio social y servicio pastoral terminaron encontrándose en una misma calle.
Cuando servir se convierte en cultura
El Colegio Amada Sofía ha definido parte de su identidad desde dos dimensiones que aquí se encuentran: su sello social, expresado en la promoción humana a través de la educación, y su identidad católica, que reconoce en san Pablo un modelo para salir al encuentro de otros.
Por eso un operativo solidario pierde sentido si termina convertido únicamente en una colección de fotografías bonitas.
Las fotografías son necesarias. Las noticias también. Incluso este artículo lo es.
Pero ninguna de esas cosas constituye el Evangelio.
El Evangelio comienza después.
Cuando una estudiante descubre que puede utilizar sus manos para aliviar la vida de alguien. Cuando un joven conversa con un adulto mayor al que probablemente nunca habría conocido. Cuando una apoderada comprende que aquello que sabe hacer puede convertirse en servicio. Cuando alguien entrega una tarde sin esperar recibir nada a cambio.
Y, sobre todo, cuando estas experiencias dejan de ser excepcionales.
Porque cinco o seis años realizando operativos solidarios pueden producir algo más profundo que una sucesión de actividades: pueden producir cultura.
Una cultura donde servir resulte normal. Donde la pregunta ya no sea solamente cuánto aprendí, conseguí o tengo, sino también para quién puede servir aquello que soy y aquello que sé.
El operativo de Rinconada de Parral permitió cerrar, junto a la Parroquia de Coltauco, el Mes de la Solidaridad. Pero sería contradictorio afirmar que con ello se cierra la solidaridad.
La solidaridad cristiana no tiene mes.
¿Se puede, entonces, farmear el Evangelio?
Sí.
Podemos convertir incluso las cosas más nobles en mecanismos para acumular prestigio. Podemos farmear solidaridad, fotografías, reconocimiento y hasta apariencia de bondad.
Pero el Evangelio funciona al revés.
Mientras el mundo nos invita a acumular puntos para nosotros mismos, Cristo nos invita a salir de nosotros mismos y gastarnos por otros.
Quizá por eso, 74 años después, la pregunta de Alberto Hurtado continúa siendo más desafiante que cualquier eslogan:
¿Qué haría Cristo en mi lugar?
Y acaso allí descubramos una forma muy particular de «farmear» el Evangelio:
hacer el bien hasta que ya no necesitemos que nadie nos vea haciéndolo.
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